Hay un orgullo bueno y necesario.
Te podés sentir orgulloso de un hijo,
de un logro, de un amigo. O de vos mismo, cuando hiciste algo que valga la
pena. No se trata de no valorar lo que uno es, o lo que uno hace.
Pero hay un orgullo diferente, destructivo...
Es esa mirada personal con la que te colocás tan en el centro, tan en un
pedestal, tan hinchado y contento de vos, que te hace ciego e indiferente a los
otros. Es estar encantado de vos mismo, complacido con tus fortalezas... tanto
que te olvidás de tus limitaciones y tus pies de barro.
Es creerte el ombligo del mundo.
Se
conoce como vanidad, o soberbia.
He conocido gente así. Inmersos en una competencia de
egos donde no hay espacio para el diálogo ni para el encuentro; gente que
construye desde la autocomplacencia y termina encerrado en una burbuja de amor
propio que los aísla en una prisión en la que están solos.
Y así terminan, muy contentos de sí mismos pero solos;
rodeándose únicamente de aquellos que le brindan aplausos y reconocimiento.
Pregonan la humildad pero no la viven. Y no estoy
diciendo que no tengan talentos, sino que no son capaces de reconocer los defectos y las asignaturas pendientes que
también tienen, como cualquiera de nosotros.
La solución es tener la perspectiva suficiente para
que la mirada nos lleve más allá de nosotros, a los otros... es la única manera
de lograr un encuentro verdadero.
